ANÁLISIS GEOPOLÍTICO
En este blog se publican los análisis geopolíticos, económicos, sociales y políticos que nos llegan a la redacción o que son producidos por nuestro equipo de prensa
Tercera Opinión
8/8/2026


El escenario internacional atraviesa una de esas etapas en las que los acontecimientos parecen multiplicarse sin obedecer a una lógica común. Una guerra que no termina en Europa, negociaciones alrededor de Irán y del estrecho de Ormuz, el acercamiento entre Teherán y Omán, una Turquía sometida a crecientes tensiones internas, una Siria que intenta regresar al centro del tablero regional, las presiones migratorias en el Mediterráneo, el desplazamiento político de América Latina, la disputa por el futuro de Brasil y Cuba y, sobre todo, la creciente confrontación entre Estados Unidos y China podrían ser interpretados como fenómenos separados. Sin embargo, cuando se observan desde una perspectiva geopolítica más amplia, comienzan a revelar una estructura común.
El mundo está entrando en una nueva fase de competencia en la que el poder ya no depende solamente del control de territorios, sino cada vez más de la capacidad para controlar, garantizar, interrumpir o condicionar los corredores por los que circulan la energía, las mercancías, las personas, los capitales, los minerales y la información. El poder se concentra progresivamente en aquellos lugares donde el movimiento puede ser detenido. Los estrechos, los canales, los puertos, las rutas marítimas, los corredores ferroviarios, los pasos terrestres, los cables submarinos y las infraestructuras estratégicas comienzan a adquirir una importancia comparable a la que tuvieron las fronteras y las bases militares durante el siglo XX.
Esta transformación permite observar bajo una misma perspectiva acontecimientos que se desarrollan a miles de kilómetros unos de otros. El estrecho de Ormuz, el estrecho de Malaca, el Mar de la China Meridional, Taiwán, Ucrania, el Mediterráneo, el Caribe, el Atlántico Sur y los corredores bioceánicos sudamericanos forman parte de una geografía mundial de puntos de estrangulamiento. En todos ellos se repite una misma pregunta: quién puede garantizar el paso, quién puede impedirlo y, sobre todo, quién tendrá capacidad para imponer las condiciones bajo las cuales continuará funcionando.
El estrecho de Ormuz representa uno de los ejemplos más claros. Por él circula una proporción decisiva de la energía que alimenta las economías asiáticas y el mercado mundial. Durante décadas, la seguridad de ese corredor estuvo vinculada fundamentalmente a la presencia estadounidense en el Golfo. La situación actual introduce una posibilidad diferente. El acercamiento entre Irán y Omán puede abrir un espacio para que la seguridad de Ormuz incorpore una dimensión regional en la que Teherán no sea únicamente el actor que amenaza con cerrar el estrecho, sino también uno de los actores capaces de garantizar su funcionamiento.
La importancia de Omán reside precisamente en su capacidad histórica para mantener relaciones con actores enfrentados entre sí. Muscat puede hablar con Irán, con las monarquías del Golfo y con Occidente. En una región caracterizada por la desconfianza, esa posición intermedia puede convertirse en un activo estratégico. El resultado potencial es una modificación silenciosa del equilibrio: la seguridad de uno de los principales corredores energéticos del planeta podría comenzar a depender menos exclusivamente de una potencia externa y más de acuerdos entre los propios actores regionales.
Pero Ormuz es solamente el comienzo de la cadena.
Desde el Golfo Pérsico, la energía destinada a Asia atraviesa el océano Índico y, en buena medida, el estrecho de Malaca. Después ingresa al Mar de la China Meridional para dirigirse hacia China, Japón, Corea del Sur y otros centros industriales del Asia-Pacífico. De este modo, Ormuz y el Mar de la China Meridional forman parte de una misma cadena geoestratégica. Uno constituye uno de los principales puntos de salida de la energía; el otro, uno de los grandes espacios de distribución del comercio mundial hacia Asia.
Aquí aparece la dimensión más profunda de la competencia entre Estados Unidos y China.
China depende extraordinariamente de las rutas marítimas que conectan el océano Índico con sus puertos. Esta dependencia constituye una vulnerabilidad estratégica conocida desde hace años como el dilema de Malaca. Una parte considerable de las importaciones energéticas chinas atraviesa ese estrecho antes de ingresar al Mar de la China Meridional. Por eso Beijing no puede limitarse a desarrollar una gran capacidad económica y naval. Necesita reducir la posibilidad de que una potencia adversaria pueda interrumpir sus corredores vitales.
De ahí la importancia de sus inversiones portuarias, sus corredores terrestres, sus relaciones con Pakistán, Myanmar y Asia Central, sus vínculos con Rusia y el desarrollo de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. La llamada Nueva Ruta de la Seda puede interpretarse, además de como un proyecto económico, como una estrategia destinada a diversificar las rutas por las que China recibe energía, materias primas y mercancías. China intenta reducir su dependencia de un único sistema marítimo.
El Mar de la China Meridional ocupa, por ello, una posición central.
No se trata simplemente de un territorio marítimo disputado entre China y varios países del sudeste asiático. Es una de las principales arterias del comercio mundial y una zona desde la cual puede proyectarse poder sobre las rutas que conectan el océano Índico con el Pacífico. China busca consolidar allí una capacidad militar y estratégica que le permita impedir que una potencia externa pueda utilizar ese espacio contra sus intereses. Estados Unidos, por su parte, busca preservar la libertad de navegación y mantener su capacidad de presencia militar en una región que considera esencial para el equilibrio del Indo-Pacífico.
La diferencia es fundamental. China no necesita cerrar el Mar de la China Meridional para obtener una ventaja estratégica. Le basta con alcanzar una posición en la que, llegado un escenario de crisis, ninguna potencia pueda operar allí libremente sin tener en cuenta la capacidad china de respuesta. La disputa no es únicamente por islas, arrecifes o zonas económicas. Es por el control estratégico de un corredor.
En este punto aparece Taiwán.
La importancia de Taiwán excede ampliamente la cuestión histórica de la reunificación china. La isla constituye una pieza fundamental de la llamada primera cadena de islas y se encuentra situada entre el espacio continental chino y el Pacífico occidental. Un cambio radical en el estatus de Taiwán modificaría el equilibrio marítimo de toda la región y afectaría simultáneamente a Japón, Filipinas, Corea del Sur y las rutas comerciales que conectan el este de Asia con el resto del mundo.
Por ello, la cuestión de Taiwán es también una cuestión sobre corredores. Quien consiga controlar o condicionar el espacio alrededor de la isla tendrá una posición privilegiada para proyectar poder sobre el Pacífico occidental.
Filipinas adquiere en este contexto una importancia particular. Su posición geográfica la sitúa en uno de los puntos donde se encuentran el Mar de la China Meridional y el Pacífico. El acercamiento militar entre Manila y Washington no puede entenderse únicamente como una respuesta a disputas territoriales. Forma parte de una arquitectura más amplia destinada a mantener abierta la capacidad estadounidense de operar en el Indo-Pacífico.
India constituye otra pieza fundamental. Su posición en el océano Índico le permite influir sobre una de las rutas por las cuales China recibe buena parte de sus recursos energéticos. La cooperación entre Estados Unidos, India, Japón y Australia expresa, en este sentido, una estrategia de equilibrio que no depende de una alianza militar tradicional, sino de la construcción de una red de capacidades alrededor de los corredores marítimos asiáticos.
El sistema puede representarse como una enorme cadena:
Golfo Pérsico, Ormuz, océano Índico, Malaca, Mar de la China Meridional, Taiwán y Pacífico.
No son espacios independientes. Constituyen una de las grandes autopistas energéticas y comerciales del siglo XXI.
Por eso, la competencia entre Estados Unidos y China no debe ser entendida únicamente como una rivalidad comercial o tecnológica. Es también una competencia por la seguridad de las rutas que sostienen el funcionamiento de sus economías.
Esta misma lógica aparece en Europa.
La guerra de Ucrania puede ser observada no solamente como una confrontación territorial entre Rusia y Ucrania, sino también como una lucha alrededor de un corredor estratégico entre Rusia, Europa y el espacio euroasiático. Ucrania posee una posición geográfica que la convierte en zona de conexión entre Rusia, el mar Negro y Europa. El conflicto ha destruido y transformado rutas energéticas, agrícolas, ferroviarias y marítimas y ha alterado profundamente la arquitectura de seguridad europea.
Rusia busca impedir que Ucrania quede incorporada definitivamente al espacio estratégico occidental. Ucrania pretende evitar que cualquier acuerdo consagre una posición de debilidad permanente. Estados Unidos y sus aliados intentan impedir una victoria rusa que pueda alterar el equilibrio europeo. La guerra se desarrolla, por tanto, sobre territorio, pero también sobre corredores.
Los ataques ucranianos contra territorio ruso deben entenderse dentro de esta dinámica. Pueden aumentar los costos para Moscú y mejorar la posición negociadora de Kiev, pero también pueden incrementar el riesgo de escalada precisamente cuando se intenta construir un mecanismo de negociación. La paradoja de la guerra es que la proximidad de una negociación puede estimular a cada contendiente a intensificar sus acciones militares antes de sentarse a negociar.
Para Estados Unidos aparece aquí una necesidad estratégica cada vez más evidente: reducir la cantidad de recursos que debe dedicar simultáneamente a Europa, Oriente Medio y otras regiones para concentrarse en la competencia de largo plazo con China.
Esta necesidad coincide con un factor circunstancial de enorme importancia: las elecciones de medio término de noviembre de 2026.
La política exterior estadounidense está sometida a dos relojes. El primero es el reloj estratégico, cuyo horizonte está determinado por la competencia con China. El segundo es el reloj electoral, cuyo horizonte inmediato es noviembre.
La administración Trump necesita demostrar capacidad de producir resultados antes de las elecciones. Una guerra prolongada en Ucrania, una nueva escalada con Irán o una crisis energética derivada de Ormuz pueden producir costos económicos y políticos difíciles de administrar. En cambio, una estabilización de Ormuz o un acuerdo que permita congelar el conflicto ucraniano podría ser presentado como una demostración de capacidad negociadora y de cumplimiento de compromisos políticos.
Las elecciones no determinan por sí solas la política exterior estadounidense, pero pueden modificar su ritmo, sus prioridades y el margen de maniobra de la Casa Blanca. El resultado de la Cámara de Representantes y del Senado será, por ello, uno de los acontecimientos que determinarán la capacidad estadounidense para ejecutar su estrategia durante 2027.
Este factor electoral también ayuda a comprender la renovada atención estadounidense hacia América Latina.
El hemisferio occidental ofrece a Washington un espacio donde puede intentar obtener resultados políticos con costos militares relativamente reducidos. El control migratorio, la lucha contra el narcotráfico, la seguridad fronteriza, las relaciones energéticas y la presión sobre gobiernos considerados adversarios pueden convertirse simultáneamente en instrumentos de política exterior y argumentos electorales.
Sin embargo, reducir la transformación latinoamericana a una operación estadounidense sería un error. Chile, Perú y Colombia están experimentando cambios políticos que responden también a sus propias crisis internas. El desgaste de determinados gobiernos, la inseguridad, el narcotráfico, la migración y la demanda de estabilidad económica han favorecido el desplazamiento hacia opciones políticas que priorizan el orden, la seguridad y la inversión.
Lo que sí está cambiando es la arquitectura hemisférica. El nuevo mapa político latinoamericano resulta, en términos generales, más favorable a Washington, aunque esto no significa que los gobiernos de la región hayan abandonado su búsqueda de autonomía.
Brasil representa la gran excepción potencial.
Su dimensión territorial, demográfica, económica y militar, su control de buena parte de la Amazonía, sus recursos energéticos y minerales, su producción agrícola, su posición en el Atlántico Sur y su relación con China y los BRICS le permiten actuar como potencia autónoma.
La cuestión brasileña, por ello, no debe reducirse a la relación personal entre Donald Trump y Luiz Inácio Lula da Silva. El verdadero problema es estratégico: si Brasil seguirá intentando construir un espacio propio dentro de un mundo multipolar o si volverá a aproximarse significativamente a Washington.
La elección brasileña de 2026 será uno de los acontecimientos capaces de modificar la arquitectura continental.
Cuba introduce otra dimensión.
Durante décadas, la cuestión cubana fue observada principalmente como una herencia de la Guerra Fría. Pero la competencia entre Estados Unidos y China vuelve a otorgarle una dimensión estratégica diferente. La proximidad de Cuba al territorio estadounidense y las denuncias sobre una posible presencia china vinculada a actividades de inteligencia convierten nuevamente a la isla en un problema de seguridad nacional para Washington.
La crisis económica y energética cubana incrementa además su vulnerabilidad. La presión estadounidense puede estar orientándose no solamente a castigar al régimen, sino a aumentar los costos de su supervivencia y preparar condiciones para una eventual transformación.
Esto no significa que exista una decisión inevitable de intervenir militarmente. Tampoco es correcto presentar como hecho probado cualquier hipótesis sobre una intervención estadounidense en la política interna cubana. Pero sí puede afirmarse que la situación cubana ha recuperado una importancia geopolítica que no tenía en la misma medida durante los años de relativa distensión.
Cuba se conecta inmediatamente con Venezuela.
Durante años, el petróleo venezolano constituyó uno de los principales soportes energéticos de la isla. Cualquier transformación profunda de la relación entre Venezuela y Washington modificaría, por tanto, la posición estratégica cubana.
Cuba, Venezuela y Colombia forman un arco que conecta el Caribe con el norte de Sudamérica. En ese espacio se superponen energía, migración, narcotráfico, seguridad, rutas marítimas y competencia entre grandes potencias.
La cuestión venezolana tampoco puede analizarse exclusivamente desde su política interna. Su petróleo, su posición geográfica y su proximidad al Caribe la convierten en una pieza estratégica de primer orden.
De esta manera, el hemisferio occidental comienza a revelar una arquitectura comparable a la que observamos en Asia.
En Asia se disputa la cadena Ormuz-Malaca-Mar de la China Meridional-Taiwán.
En América se disputa la cadena Caribe-Venezuela-Colombia-Brasil-Atlántico, junto con los corredores que conectan Brasil con el Pacífico.
La diferencia es que en América la competencia se desarrolla principalmente mediante instrumentos económicos, políticos y diplomáticos, mientras en Asia existe además una dimensión militar mucho más directa.
China no necesita establecer bases militares en América Latina para ampliar su influencia. Puede hacerlo mediante puertos, ferrocarriles, energía, telecomunicaciones, tecnología, comercio, financiación y acceso a minerales críticos. Estados Unidos, en cambio, conserva una arquitectura militar y de seguridad construida durante décadas.
La competencia entre ambos sistemas puede terminar siendo menos visible que una guerra, pero no por ello menos profunda.
Estados Unidos intenta preservar la seguridad de su hemisferio.
China intenta ampliar su presencia económica dentro de ese hemisferio.
Ambas estrategias pueden coexistir durante algún tiempo. La tensión aparece cuando las inversiones económicas comienzan a adquirir consecuencias estratégicas.
En este contexto, Bolivia adquiere una importancia que supera su dimensión nacional.
El país se encuentra situado entre Brasil, Perú, Chile, Argentina y Paraguay y constituye un espacio potencial de articulación entre el Atlántico y el Pacífico. Sus recursos minerales, el litio, el gas y la Amazonía incrementan su importancia económica, pero su posición dentro de los corredores sudamericanos puede terminar siendo todavía más relevante.
Brasil necesita conexiones eficientes hacia el Pacífico. Los países del Pacífico necesitan acceso al mercado brasileño y al Atlántico. China necesita rutas más eficientes hacia los recursos y mercados sudamericanos. Estados Unidos tiene interés en preservar su influencia sobre los corredores continentales y marítimos.
Bolivia se encuentra en medio de estas necesidades.
Por ello, los corredores bioceánicos pueden adquirir durante los próximos años una importancia geopolítica comparable, en escala regional, a la que poseen los grandes corredores marítimos de Asia.
Esto obliga a ampliar la mirada sobre la Amazonía. La región no debe ser considerada únicamente como una reserva ecológica o un espacio de explotación de recursos. Es también un territorio donde comienzan a converger energía, agua, biodiversidad, agricultura, minerales, infraestructura, rutas comerciales y soberanía territorial.
La disputa por la Amazonía será, cada vez más, una disputa por recursos y corredores.
La misma lógica aparece en otros puntos del planeta. El canal de Suez conecta Asia con Europa. El Bósforo conecta el mar Negro con el Mediterráneo. El estrecho de Ormuz conecta el Golfo con el océano Índico. Malaca conecta el Índico con el Pacífico occidental. El Mar de la China Meridional conecta el sistema energético asiático con sus principales centros industriales. Panamá conecta los océanos Atlántico y Pacífico. Ucrania conecta espacios europeos y euroasiáticos. Los corredores bioceánicos sudamericanos buscan conectar el Atlántico con el Pacífico.
El mapa del poder mundial puede comenzar a leerse, por tanto, como una red.
Los Estados continúan siendo los actores fundamentales, pero su poder depende cada vez más de las redes que atraviesan sus territorios.
La pregunta geopolítica del siglo XXI ya no es solamente quién posee un territorio.
Es también quién controla aquello que pasa por él.
Esta transformación ayuda a explicar por qué países relativamente pequeños pueden adquirir una importancia extraordinaria. Omán posee un valor estratégico que excede su dimensión porque se encuentra junto a Ormuz. Panamá posee un valor que excede su población porque controla un canal interoceánico. Singapur posee un valor excepcional porque se encuentra junto a Malaca. Filipinas adquiere importancia por su posición frente al Mar de la China Meridional. Turquía controla los estrechos que conectan el mar Negro con el Mediterráneo.
El poder se concentra en los puntos donde el movimiento puede detenerse.
Esta es quizá la característica fundamental de la nueva geopolítica.
Y es precisamente lo que conecta acontecimientos aparentemente tan distintos como las negociaciones entre Irán y Omán, la guerra de Ucrania, las tensiones en el Mar de la China Meridional, la situación de Taiwán, la política de Turquía, la crisis cubana y la disputa por Brasil.
Todos forman parte de una transformación del sistema de circulación mundial.
Estados Unidos intenta reorganizar su poder antes de que la competencia con China alcance una fase todavía más intensa. China intenta reducir sus vulnerabilidades y asegurar sus rutas de abastecimiento. Rusia intenta preservar su espacio estratégico. Las potencias regionales buscan autonomía. Y los países situados sobre los grandes corredores intentan convertir su geografía en capacidad de negociación.
La gran cuestión de los próximos años será, por tanto, quién logrará controlar los corredores sin necesidad de controlarlos formalmente.
Ese matiz será fundamental.
El siglo XX estuvo marcado por la ocupación.
El siglo XXI puede estar marcado por la capacidad de condicionar el movimiento.
La guerra de Ucrania, Ormuz, Malaca, el Mar de la China Meridional, Taiwán, el Caribe y los corredores sudamericanos son diferentes manifestaciones de esa transformación.
Por eso el actual período no debería ser descrito simplemente como una nueva Guerra Fría.
Tampoco como el final inmediato de la hegemonía estadounidense.
Estamos ante una transición hacia una multipolaridad asimétrica, en la que Estados Unidos conserva una enorme superioridad militar y financiera, China posee una capacidad económica y tecnológica cada vez mayor, Rusia mantiene una capacidad militar relevante y las potencias regionales adquieren crecientes posibilidades de maniobra.
El sistema todavía no se ha definido.
Precisamente por eso todos intentan adelantarse.
Washington necesita reducir algunos conflictos para concentrarse en China. Beijing necesita garantizar que sus rutas marítimas y terrestres no puedan ser utilizadas para estrangular su economía. Rusia necesita evitar una derrota estratégica en Ucrania. Irán necesita conservar capacidad de presión sobre Ormuz. Turquía busca ampliar su autonomía. Siria intenta recuperar una función regional. Brasil intenta preservar su margen de maniobra. Cuba enfrenta una presión extraordinaria. Y los países latinoamericanos deben decidir cómo administrar su relación simultánea con Estados Unidos, China y las demás potencias.
Los acontecimientos circunstanciales pueden acelerar o frenar este proceso.
Una elección puede modificar una alianza.
Una crisis energética puede cambiar una negociación.
Un ataque militar puede alterar el precio del petróleo.
Una crisis migratoria puede convertirse en instrumento diplomático.
Una transformación política puede modificar el acceso a un corredor.
Una inversión portuaria puede convertirse en un problema de seguridad.
Y una crisis en Taiwán podría transformar en cuestión de días todo el sistema de comercio mundial.
Por eso el año 2026 debe ser observado como un año de transición.
Tres relojes avanzan simultáneamente.
El primero es el reloj estratégico de la competencia Estados Unidos-China, cuyo horizonte es de décadas.
El segundo es el reloj regional de Ucrania, Oriente Medio, Cuba, Venezuela, Brasil y el Indo-Pacífico, cuyo horizonte se mide en meses y pocos años.
El tercero es el reloj político, determinado por las elecciones estadounidenses y brasileñas y por la sucesión de transformaciones políticas que atraviesan América Latina.
La interacción entre esos tres relojes determinará buena parte del escenario de 2027.
Si Estados Unidos consigue estabilizar Ucrania, reducir la tensión alrededor de Irán y Ormuz, consolidar su posición hemisférica y llegar a las elecciones con resultados favorables, podrá dedicar una proporción mayor de sus recursos a la competencia con China.
Si, por el contrario, Ucrania continúa escalando, Ormuz vuelve a convertirse en un punto de confrontación, Cuba entra en una crisis política profunda y Brasil adopta una posición todavía más autónoma, Washington podría encontrarse obligado a administrar demasiados frentes simultáneamente.
En ese escenario, China tendría una oportunidad para acelerar su expansión económica y estratégica.
Pero tampoco China está libre de vulnerabilidades. Su dependencia de las rutas marítimas, especialmente del estrecho de Malaca y del Mar de la China Meridional, constituye uno de los puntos débiles de su estrategia. Una crisis alrededor de Taiwán podría afectar gravemente a su economía y producir consecuencias globales.
Por eso la gran incógnita no es si Estados Unidos o China desean una confrontación.
Es si ambos podrán evitarla mientras intentan reducir las vulnerabilidades del otro.
El mundo se encuentra, en consecuencia, ante una disputa que no se desarrolla únicamente sobre mapas políticos.
Se desarrolla sobre mapas de circulación.
Mapas de energía.
Mapas de comercio.
Mapas de infraestructura.
Mapas de tecnología.
Mapas de minerales.
Mapas de rutas marítimas.
Mapas de cables y comunicaciones.
Y, finalmente, mapas de poder.
La geopolítica contemporánea comienza a organizarse alrededor de una idea sencilla y al mismo tiempo decisiva: quien controla los lugares por donde pasa el mundo puede condicionar el mundo sin necesidad de poseerlo.
Ormuz, Malaca, el Mar de la China Meridional, Taiwán, Suez, el Bósforo, Ucrania, Panamá, el Caribe y los corredores bioceánicos sudamericanos son, cada uno a su manera, expresiones de esa nueva realidad.
El tablero está cambiando porque las rutas están cambiando.
Y mientras las grandes potencias intentan decidir quién tendrá capacidad para abrirlas, cerrarlas o condicionarlas, los Estados situados sobre ellas descubren que su geografía puede convertirse nuevamente en destino.
El mundo todavía no ha escogido su próximo orden.
Pero sus corredores ya están definiendo el campo de batalla.
El mundo no está cambiando solamente porque cambien sus gobiernos, sus alianzas o sus conflictos. Está cambiando porque también se están transformando las rutas por las que circula el poder. Ormuz, Malaca, el Mar de la China Meridional, Taiwán, Ucrania, el Caribe y los corredores sudamericanos son hoy puntos de una misma disputa: ¿quién tendrá la capacidad de garantizar, condicionar o interrumpir los flujos que sostienen el sistema mundial?
Quizá todavía no estemos ante un nuevo orden internacional, pero sí ante la lucha por definirlo. Y en esa lucha, la geografía vuelve a adquirir una fuerza que durante un tiempo pareció haber perdido.
El tablero está en movimiento. La pregunta es qué orden terminará emergiendo cuando las piezas encuentren su lugar.
✍️ Gary Daher
Tercera Opinión
💬 Desde el Observatorio Geopolítico de Tercera Opinión, dejamos abierta la reflexión. ¿Cómo interpreta usted este proceso? ¿Qué actores, espacios o acontecimientos considera que podrían resultar decisivos en la configuración del nuevo escenario mundial?
Los invitamos a compartir sus opiniones y enriquecer este debate.
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El mundo en movimiento:
la disputa por los corredores estratégicos
De Ormuz al Mar de la China Meridional: la disputa por los corredores estratégicos que están redefiniendo el equilibrio mundial


Los bombardeos, las amenazas y la escalada militar ocupan hoy los principales titulares. Sin embargo, la verdadera transformación ocurre lejos del estruendo de los misiles. La guerra es apenas la superficie visible de un fenómeno mucho más profundo: el orden internacional que dominó el mundo desde el final de la Guerra Fría está llegando a su límite.
Durante más de tres décadas, Estados Unidos ejerció un liderazgo prácticamente incontestado sobre el sistema internacional. Su poder militar, financiero y tecnológico permitió sostener un mundo donde las principales reglas de la política global se definían, en última instancia, desde Washington.
Ese escenario ya no existe.
China se ha convertido en un competidor económico y tecnológico de escala mundial. Rusia continúa disputando el equilibrio estratégico europeo. Los BRICS buscan reducir la dependencia del dólar. Irán ha consolidado una red de influencia que atraviesa buena parte de Medio Oriente. Y, mientras tanto, otras potencias regionales comienzan a ocupar espacios que antes permanecían reservados a las grandes potencias.
La confrontación entre Estados Unidos e Irán debe entenderse dentro de esa transformación.
Washington procura impedir que Teherán consolide una posición dominante en el Golfo Pérsico, garantizar la seguridad de las rutas energéticas, proteger a sus aliados tradicionales y enviar un mensaje estratégico tanto a Moscú como a Pekín: Estados Unidos continúa dispuesto a utilizar su poder militar para preservar un equilibrio internacional favorable a sus intereses.
Pero esa estrategia enfrenta una realidad completamente nueva.
Hoy ninguna potencia posee la capacidad de ordenar por sí sola el escenario internacional.
🇹🇷 Turquía: la potencia silenciosa
Mientras el mundo discute el enfrentamiento entre Washington y Teherán, Turquía ha construido una de las posiciones geopolíticas más sólidas del planeta.
Continúa siendo miembro de la OTAN, mantiene relaciones económicas con Rusia, dialoga con China, negocia con Irán, conserva vínculos estratégicos con Europa y, al mismo tiempo, desarrolla una política exterior cada vez más independiente.
Ankara ya no actúa como un simple aliado occidental. Actúa como una potencia regional que negocia simultáneamente con todos los centros de poder.
Ese cambio explica buena parte de lo que ocurre hoy en Medio Oriente.
🇸🇾 Siria: la pieza que todavía no termina de acomodarse
La transformación política siria constituye uno de los acontecimientos más significativos —y menos comprendidos— de los últimos años.
Durante más de una década, Rusia sostuvo militarmente al gobierno de Bashar al-Ásad. Sin embargo, cuando el equilibrio interno comenzó a modificarse, Moscú optó por no profundizar su intervención.
¿Por qué?
Las respuestas siguen abiertas.
Quizá necesitaba concentrar recursos en Ucrania. Tal vez comprendió que sostener indefinidamente al régimen sirio implicaba costos crecientes. O quizá evaluó que preservar sus posiciones estratégicas en el Mediterráneo resultaba más importante que mantener a un gobierno específico.
No existen respuestas definitivas. Pero el resultado es evidente: el nuevo gobierno sirio todavía está definiendo su orientación estratégica y el equilibrio regional continúa en construcción.
Y quien parece haber aprovechado mejor esa transición ha sido Turquía.
La posibilidad de ampliar su influencia sobre el norte de Siria, contener a las milicias kurdas, favorecer el retorno de millones de refugiados y convertirse en un actor indispensable para la reconstrucción del país coloca a Ankara en una posición que hace apenas algunos años parecía improbable.
⚖️ Un Medio Oriente sin dueño
La consecuencia de todos estos movimientos es la configuración de un Medio Oriente radicalmente distinto al que conocimos durante las últimas décadas. Ya no existe una potencia capaz de imponer por sí sola las reglas del juego. Estados Unidos continúa siendo el principal actor militar de la región, pero su capacidad para definir unilateralmente los acontecimientos es hoy mucho más limitada. Israel conserva una superioridad tecnológica y militar indiscutible, aunque depende cada vez más de complejos equilibrios diplomáticos. Irán mantiene una amplia red de aliados e influencia política que le permite proyectar poder más allá de sus fronteras, mientras Arabia Saudita desarrolla una política exterior crecientemente autónoma, diversificando sus alianzas sin romper sus vínculos con Occidente.
En este escenario, Turquía emerge como el actor que con mayor habilidad ha sabido ocupar los espacios vacantes, ampliando su margen de maniobra entre Oriente y Occidente. Rusia, por su parte, procura preservar sus posiciones estratégicas reduciendo los costos de su intervención directa, al tiempo que China continúa consolidando una presencia menos visible, pero cada vez más decisiva, basada en inversiones, infraestructura, comercio y financiamiento.
El resultado es un equilibrio inédito. Ninguna de estas potencias posee hoy la fuerza suficiente para dominar completamente la región, pero tampoco ninguna puede ser excluida de las decisiones fundamentales. El Medio Oriente ha dejado de tener un único árbitro para convertirse en un espacio donde todos los actores relevantes necesitan competir, negociar y, en determinadas circunstancias, cooperar.
🌐 Del mundo multipolar al mundo policéntrico
Es precisamente aquí donde aparece la principal novedad de nuestro tiempo.
Durante años se sostuvo que el sistema internacional evolucionaba desde un mundo unipolar hacia otro multipolar, en el que Estados Unidos, China y Rusia disputarían el liderazgo global. Sin embargo, los acontecimientos recientes sugieren que esa explicación comienza a quedarse corta.
Lo que está emergiendo no es únicamente un equilibrio entre grandes potencias, sino una estructura mucho más compleja, donde diversos centros regionales de poder adquieren capacidad para influir sobre decisiones de alcance mundial. Turquía en Medio Oriente, India en el Indo-Pacífico, Arabia Saudita en el Golfo, Brasil en América del Sur o incluso algunos actores africanos están dejando de ser simples escenarios de la competencia entre otros para convertirse en protagonistas de su propio proyecto geopolítico.
En otras palabras, el siglo XXI parece avanzar hacia un mundo policéntrico, caracterizado por múltiples centros de decisión que cooperan, compiten y negocian simultáneamente, sin que ninguno logre imponer un dominio absoluto sobre los demás.
Desde esa perspectiva, la confrontación entre Estados Unidos e Irán deja de ser un episodio aislado. Se conecta con la guerra en Ucrania, con las tensiones en el Mar Rojo, con la disputa por Taiwán, con la competencia tecnológica entre Washington y Pekín, con las nuevas rutas comerciales y con la lucha por el control de los minerales estratégicos que alimentarán la próxima revolución industrial.
Todos estos procesos responden, en realidad, a una misma dinámica: la lenta pero profunda redistribución del poder mundial.
📌 La verdadera noticia
Por eso, la pregunta ya no es quién ganará la próxima batalla ni cuál será el desenlace inmediato de una crisis determinada. La cuestión verdaderamente decisiva consiste en identificar qué países, qué regiones y qué sociedades lograrán adaptarse con mayor rapidez al nuevo equilibrio internacional que comienza a tomar forma.
La historia demuestra que todas las guerras terminan. También demuestra que ningún orden internacional es permanente. Lo que hoy observamos no es simplemente una sucesión de conflictos dispersos, sino los síntomas de una transformación histórica que probablemente marcará buena parte del siglo XXI.
La noticia, entonces, no son únicamente los misiles que vuelven a cruzar el cielo de Medio Oriente.
La noticia es que el poder mundial ha comenzado a redistribuirse y que, por primera vez en varias décadas, ya no serán únicamente las grandes potencias quienes escribirán las reglas del juego internacional.
✍️ Gary Daher
Tercera Opinión
💬 ¿Estamos asistiendo al nacimiento de un mundo policéntrico? ¿Qué papel deberían asumir América Latina y Bolivia en esta nueva arquitectura internacional?
Los invitamos a compartir sus opiniones y enriquecer este debate.
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La guerra ya no es la noticia. La noticia es el nuevo mapa del poder mundial.
Mientras todos hablan de la guerra entre Estados Unidos e Irán, quizá estamos dejando pasar la noticia más importante de nuestro tiempo: el mapa del poder mundial está cambiando.


➡️ La 68 Reunión Ordinaria del Consejo del Mercado Común y la Cumbre de Jefes de Estado del Mercosur se llevará el martes en Luque, Paraguay, ciudad cercana a Asunción donde el presidente Rodrigo Paz junto al canciller Fernando Aramayo están presentes en este encuentro internacional.
🚦 “Bolivia participa en esta cita regional orientada a fortalecer la integración económica, el comercio y la cooperación entre los países del bloque”, informó la Cancillería boliviana mediante sus redes sociales.
👉 En el encuentro participan los ministros de Exteriores de los miembros plenos del ente de integración regional -Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay-, así como los cancilleres de los Estados asociados Colombia, Chile y Panamá. En esta cumbre la agenda del bloque busca la expansión a nuevos mercados con Asia, como las que el Uruguay ya viene avanzando con mercados en la India.
⏳ Sin embargo, entre los temas centrales estará la discusión del reparto de cuotas de exportación a la Unión Europea, bloque con el que el Mercosur firmó en enero pasado un histórico pacto de libre comercio que abrió un mercado de más de 700 millones de consumidores.
🤝 Desde Tercera Opinión, TOP, te iremos informando de esta importante Cumbre y sus resoluciones. ¡Síguenos!
Tercera Opinión, TOP
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Bolivia participa de la 68 Cumbre del Mercosur


En medio de la crisis económica que atraviesa Bolivia, el sector empresarial cruceño está mostrando señales de asumir un papel cada vez más activo en el debate nacional. La reelección de Jean Pierre Antelo al frente de CAINCO consolidó una postura más propositiva, pero también más crítica y demandante frente al rumbo económico del país.
📌 El mensaje empresarial es claro:
Bolivia necesita reactivar inversión, fortalecer producción y generar confianza para evitar un mayor deterioro económico.
⚠️ El contexto nacional explica esta posición:
🔻 escasez de dólares
🔻 caída de ingresos por gas
🔻 presión sobre combustibles
🔻 déficit fiscal sostenido
🔻 incertidumbre jurídica y política
💵 Muchas empresas enfrentan dificultades para importar, operar y proyectar inversiones en un entorno cada vez más complejo.
🌎 Pero el escenario internacional también influye.
La guerra en Medio Oriente, la tensión entre EE.UU. y China y la desaceleración económica global están modificando mercados, cadenas logísticas y flujos de inversión en todo el mundo.
📈 En este contexto, Santa Cruz intenta posicionarse como el principal motor productivo del país:
✅ agroindustria
✅ exportaciones
✅ industria
✅ servicios
✅ comercio exterior
🤝 Además, el acercamiento de organismos internacionales y las oportunidades de integración con Brasil refuerzan la idea de que Bolivia necesita abrir una nueva etapa económica más vinculada a producción e inversión privada.
🔍 El debate de fondo ya no es solamente empresarial:
es el modelo económico que Bolivia deberá adoptar en los próximos años.
📌 ¿Más Estado?
📌 ¿Más mercado?
📌 ¿Un modelo mixto?
Ese debate comienza a instalarse con más fuerza mientras crece la presión sobre el sistema económico nacional.
🇧🇴 Lo que ocurra en Santa Cruz será clave:
la región concentra buena parte de la producción, exportación y movimiento económico del país, por lo que cualquier reconfiguración empresarial o política tendrá impacto nacional.
📌 Conclusión:
El empresariado cruceño ya no solo habla de negocios. Está intentando posicionarse como actor estratégico en la discusión sobre el futuro económico de Bolivia.
Santa Cruz y el empresariado boliviano:
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¿Nueva etapa de presión económica y política?


Santa Cruz de la Sierra se consolida como el principal centro comercial, logístico y residencial del país. Su crecimiento urbano no solo responde a la creciente demanda de viviendas y centros comerciales, sino también al auge de centros de almacenamiento y distribución, que fortalecen la cadena de abastecimiento y conectan Bolivia con mercados regionales e internacionales. Esto la convierte en un nodo estratégico no solo para negocios, sino también para la innovación urbana y el desarrollo residencial.
Más del 30 % del PIB nacional proviene hoy del departamento de Santa Cruz, consolidándolo como la región que más aporta al desarrollo económico del país.
Entre 2020 y 2024, su PIB nominal creció de US$ 11.423 millones a US$ 14.171 millones, un incremento del 24,1 %, mientras que el PIB per cápita pasó de US$ 3.461 a US$ 3.995.
Entre 2021 y 2025 se crearon 18.342 nuevas empresas, y la población ocupada urbana aumentó de 1,2 a 1,7 millones de personas, agregando casi 500.000 empleos en el período.
Con este dinamismo, Santa Cruz no solo fortalece su liderazgo como centro comercial y financiero, sino también como motor logístico y de desarrollo urbano, ofreciendo oportunidades reales de empleo y crecimiento para sus habitantes. Su expansión demuestra que la ciudad no solo crece en tamaño, sino también en oportunidades económicas, calidad de vida e infraestructura, consolidándose como un verdadero polo estratégico para Bolivia.
Santa Cruz de la Sierra: motor económico y urbano de Bolivia con cifras que lo confirman
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¡Volvamos a la Plaza
Santa Cruz de la Sierra apuesta por recuperar su centro histórico con el proyecto “¡Volvamos a la Plaza! ¡Rescatemos nuestras tradiciones!”, un ciclo cultural que revive la Plaza 24 de Septiembre durante siete domingos consecutivos. Comparsas, bandas, ballet cruceño, artesanos y familias vuelven a ocupar un espacio que, durante años, se vio desplazado por el caos urbano y el abandono institucional.
Más que un evento, esta iniciativa es un gesto político-cultural: recuperar la plaza es recuperar la memoria de la ciudad. Es devolverle a Santa Cruz su ritmo comunitario, su identidad festiva y su sentido de pertenencia. La plaza vuelve a latir como punto de encuentro, no solo para turistas, sino para quienes entienden la ciudad como un tejido vivo.
La respuesta ciudadana ya marca tendencia: cada domingo crece la participación, la diversidad y el entusiasmo. En un contexto de tensiones económicas y sociales, este retorno a lo público demuestra que la cultura puede volver a unir cuando la política divide.


Museo Noel Kempf Mercado:
Día internacional del jaguar
Hoy 29 de noviembre es el día internacional del Jaguar (Panthera onca) que por estas tierras lo conocemos como "tigre" y en la memoria de los antepasados quechuas era llamado uturunku, refiriéndose a la leyenda del hombre que se transforma en jaguar, reflejando el simbolismo que nos habla de la transformación de la consciencia humana en el camino de la vida.
Para generar conciencia de la importancia de la conservación de esta majestuosa especie y de su hábitat, el Museo Noel Kempf Mercado, en Santa Cruz de la Sierra, ha inaugurado una maravillosa exhibición de arte titulada: "Pintando al pintau", la misma que expone la obra de más de 20 artistas plásticos entre nacionales y internacionales en 30 obras.
La exhibición estará hasta el 5 de diciembre. Recuerda es una cita que no puedes faltar!
Donde empieza la ciudad:
Plaza 24 de Septiembre
La Plaza 24 de Septiembre no es solo el corazón de Santa Cruz: es su pulso más antiguo y persistente. Aquí empezó la ciudad, y aquí vuelve siempre para reconocerse.
Entre la sombra viva de los toborochis, el sonido de las campanas de la Catedral y el movimiento incesante de quienes cruzan sus diagonales, la plaza funciona como un espejo del tiempo: colonial y contemporánea, solemne y festiva, hecha para detenerse… y para avanzar.
En sus bancos se mezclan generaciones; en sus portales conviven la historia y el comercio; en su centro late la memoria de un pueblo que creció hacia afuera sin perder el punto de partida.
La Plaza 24 es más que un espacio público: es un gesto urbano que recuerda que toda ciudad comienza en un lugar donde la gente decide encontrarse.


El Flautista de Gerrit Dou: un descubrimiento que revaloriza la pintura de género neerlandesa
La obra titulada “El Flautista” (también conocida como A Flute Player, ca. 1640-1645) representa una pieza temprana de Gerrit Dou, maestro de la escuela de Leiden y exalumno de Rembrandt.
En ella, Dou retrata a un joven ejecutando una flauta-dulce, con una música impresa abierta a su lado, y se distingue por su técnica minuciosa, claroscuro refinado y detalles casi microscópicos en la vestimenta, los instrumentos y la iluminación.
Recientemente, la obra ha vuelto al mercado público después de más de un siglo fuera de circulación. Según informes del mercado del arte, “El Flautista” será puesta a la venta por primera vez en más de 100 años a través de la casa Christie’s en Londres, con una estimación entre £2 y 3 millones.
Este regreso a la esfera pública coincide con un renovado interés académico por la obra de Dou, tanto por su papel en la refinación de la pintura de género neerlandesa como por la carga simbólica que imprime al tema de la música, el paso del tiempo y el conocimiento.
En conjunto, “El Flautista” no solo reafirma la pericia técnica de Gerrit Dou, sino que también ofrece una ventana hacia la vida cultural del siglo XVII en los Países Bajos: la música, el refinamiento, la contemplación y la transitoriedad. Su aparición en el mercado y su revaloración académica confirman que la obra posee un doble valor: estético y simbólico, y plantea nuevas preguntas sobre el coleccionismo, el patrimonio cultural y las rutas de circulación de la pintura holandesa.


Instalado en 1410, este reloj de más de 600 años de antigüedad en Praga es el reloj astronómico en funcionamiento más antiguo del mundo.
No solo indica la hora, sino que también muestra información astronómica, como la posición del sol y la luna, el zodíaco y la fase lunar. Su diseño es complejo y lleno de detalles, con figuras que se mueven al dar la hora, lo que atrae a multitudes de turistas que se congregan para ver el espectáculo cada vez que el reloj marca una nueva hora. Este reloj, conocido como el Orloj, es un testimonio de la ingeniosidad medieval y se mantiene cuidadosamente restaurado para preservar su funcionamiento y encanto original.
Fuente: Arte Medieval. post de Arahe